Una pesadilla recurrente

Tumbas improvisadas en Angola

Tumbas improvisadas en Angola

Este testimonio revela que los restos de los cubanos caídos en Angola comenzaron a ser identificados desde los primeros años de la guerra, aunque no fueron repatriados hasta 1989.

Entre los años 1978 y 1979, dondequiera que se rumoraba que había una tumba de cubano en «la mata», se excavaba y se enviaban a Luanda los restos con los objetos hallados junto a los huesos. Se trataban de los cubanos desaparecidos durante los primeros años de la guerra, aun antes de 1976.

Una mañana nos llamaron a la oficina del jefe de la base hospitalaria de Luanda. Nos extrañó que nos citaran a la estomatóloga, a Juana y a mí, para una misión especial. Escuchamos cómo nos explicaban nuestra tarea y no nos imaginábamos cuánto marcaría nuestras vidas, nuestras pesadillas.

Tendríamos un local pequeño y retirado dentro de la base hospitalaria, donde iríamos recibiendo pequeñas cajas rectangulares de madera. Contenido: los hallazgos en localizaciones donde se reportaron enterramientos de soldados cubanos caídos durante los primeros años de la guerra en Angola. Según nos indicaron, la inteligencia conocería de lugares donde alguien reportaba la posible presencia de una tumba -en medio de la selva o un poblado- de un soldado cubano. El desenterramiento incluiría no solo los huesos, sino todos los pequenos objetos encontrados en el lugar: paquetes de cigarrillos, botones, fotos, medallas, amuletos…

Nuestra tarea era medir aquellos huesos, calcular la estatura,  determinar raza, posibles enfermedades, y muy especialmente estudiar las dentaduras para después comparar con los datos de los desaparecidos, solicitar los records dentales y médicos y lograr cotejar los restos que contenían aquellas hileras de pequeñas cajas de madera con las caras de los expedientes.

Un recuerdo enterrado para siempre en nuestas pesadillas, al recordar todos aquellos pequeños momentos guardados por los soldados junto al corazón durante sus batallas, los trozos de uniformes raídos, los huesos con tejido blando adherido, las cajas de Pandora que liberarían  a una viuda, un huérfano, una madre notificada de la certeza de la muerte.

Hablando de pesadillas, recuerdo que los médicos del grupo estábamos en Menongue: el cirujano Omar, el ortopédico y la que escribe,  reunidos conversando con un médico reservista que partía en pocas horas con una caravana hacia el sur. La preocupación y el miedo eran nuestro tema, el temor a las emboscadas, a las minas. Le animamos a no pensar en eso,  a creer que todo iría bien.

Esa noche recibimos la noticia de que la caravana se había topado con minas. El vehículo en que viajaba el médico saltó por los aires, se incendió, y Conde, el jefe de servicios médicos, nos solicitaba el certificado de defunción de nuestro compañero… Me toco a mí reconocer el cadáver. Por instinto de mi especialidad -neurocirugía- intenté examinar el cráneo carbonizado y se deshizo en cenizas entre mis dedos. Fue un verdadero shock, un recuerdo de lo efímero de nuestra existencia. Al siguiente día, mi hijo nonato (yo tenía seis meses de embarazo) murió. Otra vida que no prosperó. Otra pesadilla recurrente. (Testimonio de la lectora María del Pilar)