Fin de año en Angola

Ambiente navideño en las calles de Luanda

Ambiente navideño en las calles de Luanda en diciembre de 2009

Seguramente a muchos de los lectores les tocó pasar fines de año en Angola durante la guerra. ¿Qué recuerdos les vienen a la mente cuando rememoran esos días? ¿Cómo eran las fiestas que se celebraban? ¿Compartían todos por igual?

Aprovecho para desearles una agradable temporada de fiestas  y que el 2010 sea un año mejor para todos.

Luanda, la ciudad más cara del mundo

Luanda hoy

Luanda hoy

LUANDA (AFP) – Considerada por la revista Forbes como la ciudad «más cara del mundo para los extranjeros», Luanda, la capital de Angola, es también una de las más desiguales del planeta, con millones de pobres instalados junto a hoteles de lujo y vehículos todo terreno, surgidos de la bonanza petrolera.

Un tráfico infernal, una nube de contaminación, una masa humana en constante movimiento, calor y humedad, ‘monoblocks’ derruídos de los años 60, grandes avenidas, favelas, el mar, edificios en construcción elevándose como champiñones… Sí, no hay duda, Luanda es el reino de la ‘confuçao’, como repiten los angoleños.

Lean el resto del reportaje aquí.

Sería interesante que algunos de los cubanos que estuvieron durante la guerra en Angola y ahora están allá nos cuenten cómo ha cambiado la ciudad.

¿Alguien conoció a mi padre en Angola?

Una de las medallas otorgadas a los internacionalistas de Angola

Una de las medallas otorgadas a los internacionalistas de Angola

Leer los relatos publicados en este blog me convierten en un testigo silente de cuánto dolor crean las guerras. Es como una ventana a lo que pasó mi padre en África. A su regreso a Cuba nunca me quiso contar ningún «cuento» . «Pipo! ¡dime un cuento de la guerra, compadre» – «No».  Ahora los leo aquí y no puedo evitar que en momentos se me humedezcan los ojos.

Mi padre ya murió en Cuba. Yo solo vi las fotos de su funeral y sus medallas. Siempre he querido saber por lo que él pasó.  Su nombre era José Ramón Mariño Fernández.  Era dermatólogo del Hospital Militar de Marianao, y despues fue epidemiólogo del ejército central con su oficina en Matanzas.  Fue a África de capitán y cuando regresó lo convirtieron en mayor. Creo que estuvo en Angola en la segunda mitad de los años 70.

Nosotros somos de Rancho Boyeros, La Habana. Me acuerdo que un buen (mal) día yo regresé de  la escuela; mi madre lloraba y no vi a mi padre durante mucho, mucho tiempo.  Nos decían que estaba en Camagüey.  Todo era secreto, hasta que  nos dijeron que estaba en Angola.  Me dio rabia el engaño.  Uno es muy joven pero no es bobo.  En aquel entonces culpaba a mi padre por no decirnos.

Un par de veces mencionó que el avión de transporte militar en el cual viajaba se había extraviado sobre territorio de Namibia y que el tiroteo fue intenso. En otra oportunidad se le escapó que tenían que tener cuidado con los angolanos pues por el día estaban con los cubanos y por la noche trataban de asesinarlos cuando dormían.

Un compañero de él me dijo un día: «Oye, chamaco» – apuntando con su dedo índice a mi padre – «Tu papá no es ningún pendejo, OK? Eso es para que sepas». 
 
Si alguien lo conoció y me puede contar algo por favor escribirme a pepemarino@gmail.com. (Testimonio del lector Pepe Mariño)

El último ajiaco (fragmento)

—De los muertos de Angola hay uno que nunca se separa de mí. Es Pablo de Armas –asevera Ramón y, sin que los camareros del restaurante lo adviertan, saca de debajo de la camisa la botella de Bacardí que trae oculta y vierte un chorro en el suelo–. Bebe en paz, hermano, bebe en paz y custodia nuestro viaje y, si el asunto sale mal, espéranos con lo que sabes que nos gusta en la puerta del infierno.

El Capitán de las Tropas de Destino Especial, Pablo de Armas, y Ramón Rivera se conocían desde Cuba y era de las pocas personas que éste respetaba aunque le llamara en tono burlón El Rambo del Caribe. Se habían conocido cuando El Loco, como oficial de la reserva, fue movilizado durante cuarenta y cinco días con el cargo de comisario político al Batallón de paracaidistas donde Pablo era el jefe.

—Este guajiro es una tranca –me dijo El Loco al presentármelo en el edificio de la embajada cubana de Luanda.

Pablo nos sacó del hotel de la portuguesa y nos llevó a vivir al apartamento que tenía frente al Hotel Trópico.

—Hay un cuarto vacío –le explicó a Ramón– y más vale un hijo de puta conocido que otro por conocer. Si me entero que tú o tu socio se extralimitan con mi mujer los cuelgo a los dos por los huevos. ¿Entendido?

Pablo estaba enamorado como un perro de Sandra, una anestesista cubana que había conocido en Angola y quería gente de confianza bajo su techo. Cuando regresé a Cuba El Loco siguió viviendo allí y entre él y Sandra surgió una relación de hermandad que todavía se mantiene.

Cuando Rivera, en Cangandala, pisó una mina y por poco se muere, Pablo en persona fue a rescatarlo y no lo dejó hasta que lo vio entrar en el quirófano. De esa amistad escribí en mi novela No vine a morir. Pero de aquello habían pasado muchos años y Ramón ahora le rendía tributo.

—Comemierda, venir a regalarse así –machaca Ramón y vuelve a derramar otro chorro de ron en el suelo–. ¿Por qué, coño, herido como estaba, tuvo que ponerse a estar llevando a cuestas al moribundo que encontraron en la aldea? ¡Fueron tres horas, herida con herida y sangre con sangre caminando en medio de la selva! Así cualquiera se contagia.

Era casi el final de la guerra y Ramón, con un pulmón de menos y ya restablecido, había logrado que lo enviaran de nuevo a Angola.

—Cuando tú pises tierra cubana, vivo y coleando, yo te haré la foto —le había prometido El Loco al Capitán y por eso se las arregló para, al final de la guerra, regresar junto a él en el mismo avión a Cuba.

Cuando aterrizaron, Pablo iba delante. Vestía uniforme de camuflaje y en el pecho lucía todas las medallas al valor que otorgaban las fuerzas armadas cubanas a los combatientes internacionalistas. A unos veinte metros estaba la banda de música y los funcionarios del gobierno que, por decreto, tenían que ir a recibir a los que regresaban de la guerra.

—Míralos, con las guayaberitas. Huelen a perfume. Los buitres, los capitanes Araña –le comentó Ramón al oído al pasar por su lado. Era algo que les molestaba a los dos.

Pablo le miró de soslayo y asintió con la cabeza recordando que ya, en otras ocasiones, le había referido la falsedad de los recibimientos.

—Cállate, no me rompas la alegría. Bastante tengo con tener que saludarlos –le comentó en voz muy baja y comenzó a bajar la escalerilla.

Ramón preparó la cámara y, a codazos, adelantándose, saltó a tierra. Quería una foto en el momento en que Pablo pisara tierra cubana. Encuadró su figura y hasta logró captar el resplandor que producían algunas de las condecoraciones en la pechera de su uniforme. Le gustó su expresión seca y dura en contraste con la sonrisa y las banderitas que agitaban el resto de los combatientes.

No hubo tiempo para la tercera toma. De pronto vio salir por la parte de atrás de la escalerilla del avión a dos integrantes de la Policía Militar quienes, tras saludar marcialmente al Capitán, lo separaron del resto de la fila y lo condujeron directamente a una ambulancia.

—¡Es una equivocación! –le escuchó decir.

Ramón perdió el hilo de la conversación porque la banda de música comenzó con su fanfarria. Se acercó a la carrera y, en el momento en que se llevaba la cámara al rostro, uno de los policías militares se le interpuso e hizo ademán de querer arrebatársela.

—Si me tocas, aquí se jode uno de los dos o los dos juntos –le advirtió Ramón dispuesto a todo.

Lo rodearon.

—Es cierto que nadie me tocó — me contó Rivera—. Entonces, se acercó un teniente que, para colmo, yo conocía porque había estado conmigo en Nicaragua. “Loco, sígueme y no armes un escándalo aquí porque te partirán los cojones, me advirtió. Tú sabes que cumplimos órdenes. Sígueme, que todo se aclarará dentro de poco”.

—¿Qué pinga pasa con el Capitán? –le preguntó El Loco.

—El va donde tiene que ir y tú irás donde te llevo.

Horas más tarde le decomisaron el rollo y fue puesto en libertad con la advertencia de que, si contaba algo, como primer teniente de la reserva, sería juzgado por revelar secretos militares.

Tres meses después de aquellos hechos y tras tocar en muchas puertas, Rivera fue autorizado a visitar a Pablo de Armas. Al Capitán, por sus méritos militares, se le había asignado una habitación individual en el sanatorio Los Cocos. Tenía SIDA.

El gobierno de Cuba, cuando tuvo que admitir que aquel mortífero virus había roto las defensas de su encumbrado sistema de salud, lo achacó a que un homosexual cubano lo había contraído en Nueva York. Jamás, ni entonces ni ahora, ha reconocido que muchos casos de SIDA y otras enfermedades mortales fueron traídas a la Isla por quienes cumplían misiones internacionalista en casa del carajo. La existencia de Los Cocos era considerada un secreto de Estado.

Pese a ello, valiéndose de amistades, El Loco pudo acompañar a Sandra, la mujer de Pablo que ya estaba en Cuba, cuando fue a visitarlo el día de su cumpleaños.

—A petición de Pablo, la noche antes, ayudé a Sandra a hacer una tarta —recordaba El Loco— y dentro, camuflado, metimos un mágnum Python 44, que era el arma preferida de Pablo. Lo demás que levamos fue una botella de Jhonny Walker etiqueta negra. Aunque los tres sabíamos que aquel era nuestro último encuentro no hubo dramatismo ni histeria. “Quiero que te busques un hombre bueno que te haga feliz y te sepa dar donde te gusta — le aconsejó Pablo a su mujer—. El luto es para quienes tienen cargo de conciencia y tú me amaste como nadie”.Quise dejarlos solos y me encaminé hacia la puerta. “No, tú te quedas aquí, picha loca —me frenó El Capitán—. Tú, como ella, has hecho lo que tenías que hacer. Lo único que quiero es que, si a ésta se le acerca un hijo de puta, le metas dos patadas en el culo. Que sepas que si alguna vez estás en peligro puedes invocarme y que si los espíritus existen, yo estaré contigo”.

Sandra se acercó a su marido y Pablo hizo un gesto con las manos abiertas indicándole que se detuviera.

—No, no me toques. Nadie sabe todavía cómo se contagia esta mierda. Vamos a brindar.

—Estaba entero —enfatizaba Ramón—. Él mismo sirvió los tragos y con un movimiento de cabeza señaló, sin tocarlos, nuestros respectivos vasos. Tras beber, se echó a reír y comentó: “Loco, ¿te imaginas que después de haberme cagado tanto en Dios de verdad exista?”.

—Ay, Pablito –dijo Sandra y le agarró las manos sin que él, está vez, pudiera impedirlo.

—Yo no lloraba por fuera, pero los lagrimones me ahogaban por dentro y les di la espalda —me contó Rivera—. Entonces, sentí sus manazas de oso sobre mis hombros y me dijo al oído: “Gracias por todo, hermano. Llévatela ya, que esto hay que terminarlo”. No tuve cojones para mirarlo a la cara e impulsado por su leve empujón me encaminé a la puerta. Sentía, por el ruido de los pasos, que Sandra me seguía. Cuando llegamos a la posta que estaba a la entrada de Los Cocos escuchamos el disparo. Fue un tiro limpio, en la boca. No nos dejaron salir. Como a las tres horas llegó el oficial de contrainteligencia militar y nos interrogó por separado.

—Ella declara que fue ella y tú dices que fuiste tú quien trajo el revólver. Y uno de los dos tuvo que ser porque un arma no vuela. Esto tenemos que investigarlo –le dijo el oficial a Ramón en un tono seco y amenazante–. Los héroes de la Patria nunca se suicidan, mueren en el cumplimiento del deber.

—El capitán murió de Sida y no era maricón. Yo, a diferencia de usted, lo conocí en la guerra. Al menos, dejarán publicar una nota en el periódico, ¿no? —le preguntó Ramón sin ocultar el desprecio que sentía por los oficiales de contrainteligencia—. ¿Es que piensan dejarnos encerrados aquí porque sabemos lo que pasa?

—Yo cumplo órdenes y esto es lo que hay. Ya nos pondremos en contacto con ustedes. Y ni una palabra a nadie. ¿Comprendido?

A Pablo de Armas lo enterraron en secreto y nunca más llamaron a Sandra ni tampoco a Ramón. Ella, asqueada de todo, se fue de Cuba cuando el Maleconazo y ahora vive con una enfermera amiga suya, cerquita del Mercado de las Pulgas de Miami. Hace poco El Loco la fue a ver y le contó, ya borrachita, que después de Pablo no soportó que ningún otro hombre la tocara.

(Fragmento autobiográfico de la novela inédita El último ajiaco, de Emilio Surí Quesada. El autor ha tenido la gentileza de publicar este avance en exclusiva en La última guerra)

Díaz Argüelles: Una mirada crítica

Panteón donde estuvieron los restos de Díaz Arguelles en Luanda, Angola. Cubanos le rinden homenaje el 11 de diciembre de 2009

Panteón donde estuvieron los restos del general Raúl Díaz Argüelles en Luanda, Angola. Cubanos le rinden homenaje el 11 de diciembre de 2009

El pasado 11 de diciembre, el periódico oficial Granma  daba cuenta de un homenaje realizado en Luanda al general de brigada Raúl Díaz Argüelles, quien pereció hace 34 años en Angola a causa de la explosión de una mina.

Argüelles, el primer jefe de la Misión Militar Cubana en el país africano,  tenía reputación de ser un militar osado y valiente.  Pero su desempeño en los primeros momentos de la guerra fue errático, de acuerdo con el análisis del historiador Edward George, autor del libro más exhaustivo sobre Cuba en Angola, «The Cuban intervention in Angola, 1965-1991».

En su análisis, George señala que en vísperas del lanzamiento de la Operación Carlota, Argüelles dio reportes contradictorios sobre la situación en el terreno.  El 1 de noviembre de 1975, le escribió al general Abelardo Colomé Ibarra (Furry), quien estaba en La Habana, que el MPLA tenía ventajas sobre el enemigo, pero tres días después pidió refuerzos. ¿Qué lo hizo cambiar de opinión? La batalla de Catengue, el 2 de noviembre de 1975.

Ese fue el primer enfrentamiento entre cubanos y sudafricanos en Angola. Duró nueve horas y las fuerzas angolano-cubanas sufrieron un duro golpe. Allí se registraron las primeras bajas reconocidas oficialmente por los cubanos: cuatro muertos. Los de las FAPLA perdieron varios hombres, mientras que los sudafricanos tuvieron al menos 10 heridos.

George considera inexplicable que la MMCA no supiera de los enfrentamientos entre las FAPLA y los sudafricanos que tenían lugar desde octubre y que había provocado la retirada del MPLA de algunas ciudades.

Argüelles tuvo a su cargo la enorme responsabilidad de organizar la avanzada cubana en Angola, y salió bastante airoso de ella.

Su paso por Angola fue brevísimo: tan solo tres meses. Murió en un momento difícil para las tropas que tenía bajo su mando: tras una derrota en la llamada «Batalla del puente 14»,  Argüelles había ordenado la retirada a fin de organizar el contraataque. En esas circunstancias, su vehículo impactó la mina terrestre que le costó la vida.

20 años del entierro masivo: Cómo lo recordaron en Cuba

Raúl Castro deposita una ofreda en el mauseleo del Cacahual, el 7 de diciembre de 2009

Raúl Castro deposita una ofreda en el mauseleo del Cacahual, el 7 de diciembre de 2009

Ofrendas florales, marchas de pioneros, ceremonias militares y nuevos ingresos a la Unión de Jóvenes Comunistas marcaron la celebración en Cuba del vigésimo aniversario del entierro masivo de los caídos en Angola y otras partes del mundo.

Así lo describió el periódico Granma:

«Este no fue un lunes común. Con el amanecer, millones de cubanos salieron a las calles con flores para rendir el justo tributo a los mártires de la Patria. El suelo de este archipiélago se estremeció, no hubo punto de la geografía que no viviera la emoción del homenaje a Antonio Maceo, Panchito Gómez Toro, Frank País García y los más de 2 000 internacionalistas que un día como ayer, hace 20 años, regresaron a la Patria para recibir el adiós definitivo de su pueblo».

El gobernante Raúl Castro acudió a El Cacahual para depositar flores en el mauseleo de los caídos.

Pueden leer la crónica oficial de la conmemoración aquí y aquí .

Por otra parte, el general de Cuerpo de Ejército Leopoldo Cintra Frías intervino ayer en  el sexto  congreso del MPLA en Angola, para recordar glorias pasadas, como las victorias de Quinfandongo y Cabinda.

Entierro de los caídos en Angola: 20 años después

Velorio de los restos de internacionalistas caídos en Angola y otras partes de África, en 1989

Velorio de los restos de internacionalistas caídos en Angola y otras partes de África, en 1989

Yo tenía 17 años y recuerdo nítidamente la lenta procesión funeraria en  la «Plaza de la Revolución»  de Holguín,  la gente solemne y callada; los rostros lúgubres y el silencio multitudinario, abrumador. De pie durante horas en mi uniforme blanco y mostaza de preuniversitario, viendo pasar aquellas pequeñas urnas, todas idénticas, tuve quizás la primera noción de la magnitud de nuestras pérdidas en Angola y el resto de Africa.  La cifra de muertos que había leído en el periódico local adquiría otra dimensión ante mis ojos: recuerdo haber pensado entonces que eran muchos, muchos muertos.

Hoy, visitando mis recuerdos del 7 de diciembre de 1989, tengo la sensación de que presencié  un funeral  extraño, aséptico. El gobierno cubano, que durante tantos años privó a las familias de velar a sus muertos, les quitaba una vez más el derecho de tener un rato a solas con los restos de sus seres queridos. Para muchas fue, de todos modos, un segundo entierro:  el primero había sido con la foto del caído en Angola, en la privacidad de sus casas.

El gobierno cubano ha tenido la patética idea de recordar el entierro masivo, codificado militarmente como «Operación Tributo», con la retransmisión hoy del acto central de las honras fúnebres, que se realizó en El Cacahual con la presencia de Fidel Castro y José Eduardo Dos Santos. Habrá ofrendas florales, seguramente, y luego sobrevendrá el silencio.

Una nota de Juventud Rebelde da una cifra de total fallecidos en misiones internacionalistas en África y Nicaragua en un período de 13 años:  2289. Según cifras oficiales, 2077 perecieron en Angola.

¿Cómo recuerdan ustedes ese día? ¿Cómo creen que debería rendirse honor a los caídos en Angola?

Lucha contra Bandidos: Testimonios

Tanque T-55 ruso abandonado en la provincia de Cunene, escenario de la LCB

Tanque T-55 ruso abandonado en la provincia de Cunene, escenario de la LCB

I

La LCB en Angola fue casi idéntica a la LCB de Cuba, con una diferencia importante: había muy poca inteligencia directa sobre la UNITA, mientras los alzados del Escambray tenían por lo menos un informante del G-2 en cada banda. Los cuadros eran casi los mismos: Tomasevich, el Caballo de Mayaguara; la mayoría de los instructores eran del LCB de las Villas como yo.

Por la falta de [servicio de ] inteligencia teníamos que llevar a la tropa cubriendo terreno por sectores y no por objetivos específicos, pero el objetivo principal era neutralizar a la UNITA que operaba en Cuando Cubango, y ese objetivo se logró. La LCB duró aproximadamente 14 meses, entre 1976 y 1977, en que las operaciones pasaron a las tropas regulares cubanas y angolanas. Que yo sepa, las LCB perdieron tres hombres (uno de ellos por la mordida de una serpiente tres-pasos) y tuvimos 11 heridos cubanos; del otro lado se destruyeron muchos campamentos de la UNITA, se ocupó mucho armamento y aniquilamos columnas Unita completas teniendo de nuestro lado solo armamento ligero y la cooperación de helicopteros y aviación para batir grandes concentraciones de tropa o para trasladarnos de áreas distantes.

Según se nos explicó, concluyó porque ya las unidades Fapla habían aprendido lo suficiente, cosa que fue así con algunas unidades y cuadros y con otras no, por eso siempre los cubanos tuvieron que seguir operando contra la Unita llámense LCB o no. Y la Unita era muy fuerte en hombres y armamento, sufrían golpes fuertes pero se recomponían rapido. (Testimonio del lector Rafael Montaner)

II

El concepto mismo de pretender aplicar en Angola las prácticas de la LCB en Cuba es un error. Teatros de operaciones distintos, condiciones materiales diferentes y algo que poco valoran los militares en todas partes: pueblos distintos, culturas diferentes.

Fracasó por fuerza, como fracasó siempre la exportación de una experiencia insurgente irrepetible. La “mata” angolana no era el Escambray o la Sierra de los Órganos. Los “quimbos” no se podían trasladar a otra provincia. Los combatientes de la LCB en Angola éramos extranjeros que teníamos que servirnos de guías angolanos. Y los guerrilleros de Savimbi, mal armados y sin zapatos, eran parte de la “mata”, vivían en ella como pez en el agua.

En la práctica lo que conocí de la LCB fue a esforzados soldados agrupados en unidades que jugaban al juego del ratón y el gato. No me creo que esas fuerzas hayan tenido sólo dos o tres bajas, lamentablemente. En la LCB también practicamos todo, si puede llamarse así a una guerra irregular, donde el enemigo nunca daba la cara y la estrategia consistía en cercar los “quimbos”, saquearlos, incendiarlos, correr a la población y así tratar de imponerse por el terror y la destrucción de sus casas, cosechas, etc.

Eso comenzó en abril-junio de 1976 en la zona de Chetequera, donde tuvieron lugar las primeras “limpiezas” de este tipo, continuó con la Operación Kueña en Cuando-Cubango y siempre teníamos a Savimbi cercado, herido… que milagrosamente escapa en las alas de cualquier ser mitológico. En cuanto a las relaciones entre cubanos y angolanos: con los angolanos de UNITA y FNLA fueron a muerte, a los del MPLA nunca los entendimos. Digo, eso parece, si analizamos la historia…(Testimonio del lector Nobody)

III

Las forma de defensa de las bases de Unita era por anillos o sea subbases que estaban a tres o cuatro kilómetros de la base central, localizada en el centro del anillo, [este sistema] permitía una evacuación rápida.  La base central tenía campos de estrenamiento, hospitales de campaña, almacenes y en una vi lo que parecía ser una escuela más el estado mayor y un campo de balompié.

La LCB del Escambray era por cercos, usando miles de soldados; en Angola eso era imposible por la escasez de tropas y por la magnitud del área: eran miles de kilómetros a abarcar.

Esto traía problemas logísticos pues en muchos casos la comida y hasta la gasolina había que llevarlas por helicópteros pues nuestras bases estaban a cientos de kms de donde estábamos selva adentro. Las tropas estaba dirigidas por el General Raúl Menéndez Tomassevich, que prometió la captura de Savimbi.

Las tropas operaban en columnas utilizadando los transportes blindados y camiones de logística, y a pie en las proximidades de la base a atacar.

Casi nunca o nunca se le deba candela a los kimbos.

Nuestras relaciones con las Faplas no eran muy buenas pues a no ser por excepciones, cuando había un combate o emboscada no peleaban del todo y eso que las escuadras en muchos casos eran mixtas, angolanos y cubanos juntos. En aquella época su armamento no era del todo bueno, unos tenían G-3 otros fusiles FAL de fabricación belga y era de verdad una pesadilla surtir de municiones a tanta diversidad de calibres.

¿Se imagina usted quedarse sin municiones en medio de un combate ? y el de al lado no lo puede ayudar porque su calibre es distinto. Y después hay estrategas que opinan y quieren hacer libritos sin chocar con la realidad. Es por eso que muchas veces las FAPLA corrían, yo hubiera hecho lo mismo.

De ellos aprendimos  la supervivencia en la selva y su exploración era muy efectiva.

La única informacion que teníamos era la observacion aérea, muy difícil por los árboles, e interceptar las comunicaciones del enemigo por parte de equipos del Minint.

En realidad los objetivos de estas operaciones eran alejar a la Unita de sus pricipales bases de entrenamientos y aprovisionamientos, dispersarlos aunque fuera por un tiempo e impedir su abatecimientos procedente de [la actual] Namibia por parte de los surafricanos, por eso muchas operaciones se hacían cerca de la frontera entre Zambia y Namibia, a lo largo de los rios Kuando y Cunene. (Testimonio del lector Tchamutete)

Silvio Rodríguez en Angola (II)

Silvio Rodríguez cantando en Angola en 1977. Imagen tomada de un video

Silvio Rodríguez cantando en Angola en 1977. Imagen tomada de un video

Silvio estuvo en Tchmutete en el año 1977, venía con un yeso en la muñeca -tal vez se le había virado una uña- se le veía preocupado y hosco. Almorzaron con el mayor Soto de Santa Clara en la unidad de nosotros en la mina. El jefe de unidad (un pendejo más) vivía en la casa del jefe de la FINA, que era la marca comercial del combustible que utilizaba la mina cuando operaba antes de la guerra, allí daban las fiestas.

A Silvio le conocí desde su despegue, cuando daba funciones en los teatros y le suspendían la función, incluso tenía una canción que terminaba así: “que me suspendan la función”, nunca más he vuelto a oírla.  Escribía poemas que le quedaban bien.  Yo estaba becado en La Habana y recuerdo uno que me gustaba mucho y hasta me aprendí de memoria: «Todo queda en familia».

Ellos actuarían en la villa donde había una especie de anfiteatro y como al chofer del ómnibus en que andaban, que era de las BM-21, yo lo conocía, pues monté con ellos y dos o tres amigos más . De pie en el pasillo y al quedar frente a Silvio le espeté:  ‘Silvio, “todo queda en familia”.  Me miró con desgano y solo me contestó:   “cómo ha llovido desde entonces ”. Me viré y me puse a conversar con uno de los Papines, que venían también en la comisión.

Hablando con él surgió una anécdota. Venía otro artista y yo no sabía quién era y le digo: «¿y ese quién es?, y me dice: «llevo más de un mes con esta gente pero a ese no lo conozco».  Le pregunta entonces al hermano, «¿cómo se llama ese feo?». El otro papín le respondió: «Vicente Feliú»,  y [el primero] dice:  «Hasta en el apellido lleva el feo»;  nos tuvimos que reír. De más está decir que la actuación fue lo que se temía desde el principio por todos, un sinsabor por la obligación y olvídate del honor de  «los hermanos internacionalistas”.

(Testimonio del lector Jibacoa en los comentarios al video de Silvio en Angola, que pueden ver aquí)

El campamento secreto de Boma

Asesores militares cubanos a la entrada de Boma en 1977. El tercero de izquiera a derecha era jefe de la misión médica en Luena.

Asesores militares cubanos a la entrada de Boma en 1977. El tercero de izq. a der., Miguelito, era jefe de la misión civil en Luena; la mujer es su esposa.

En Boma, en el noreste de Luena [antiguo Luso], se armó  un campamento para los guerrilleros de Rhodesia -hoy Zimbabwe- . Estaba ubicado en las instalaciones de un antiguo leprosorio y era dirigido por asesores militares soviéticos y cubanos. Siempre vi más cubanos que rusos, pero casi todos los bolos de Luena estaban concentrados allí.  Los cubanos eran graduados de inglés  o profesores de ese idioma.

La primera vez que me mandaron, en 1977, me dijeron que iba a una misión secreta, que no se lo podía decir a ninguno de mis compañeros. El sitio era horrible, había que atravesar un río para llegar, y se llegaba por medio de un camino arenoso en medio de «la mata». Las edificiones del leprosorio eran de concreto, y luego agregaron casas de campaña.

Los médicos militares hacían el chequeo y yo tenía que vacunar a la gente, contra el tétanos sobre todo. Yo calculo que debe haber habido unas 10 mil personas, yo vacunaba en un día más de cien. Tenían muy mal estado de salud, se veían muy delgados, uñas pálidas.  Sabías que estaban anémicos sin tener que sacarles sangre.

Como al mes de empezar a ir, más o menos,  comenzaron a enfermarse y a morirse como moscas. Inicialmente los trasladaron al hospital militar de las FAPLA en Luena, donde los tenían acostados en el suelo, uno al lado de otro. Se morían 3 o 4 diarios. Después decidieron dejarlos aislados allá en Boma.

Se mandaron a buscar epidemiólogos y microbiólogos de Cuba y desde Luanda analizaban las muestras de sangre, pero nunca se supo de qué morían. Quién sabe si era sida, eso no se conocía en la época.

Dentro del campamento de Boma se celebró el 60 aniversario de la Revolución de Octubre, en 1977. Toda la brigada médica cubana de Luena fue para allá. Fueron incluso las mujeres de los asesores rusos. Los oficiales rusos vivían frente al hospital de Luena y viajaban todos los días a Boma.

La primera noticia que tuvimos de la existencia de ese campamento fue a través de un cirujano, a quien mandaron a Luau, en la frontera [con la actual República Democrática del Congo]. Le tocó reconocer a decenas de miles de hombres de Rhodesia y escoger a los más fuertes; a esos los mandaban en tren para Luena y de ahí al campamento de Boma.

El entrenamiento duraba entre tres y seis meses; luego traían más guerrilleros.

Ya cuando yo estaba en Cuba, como al año -creo que en 1979- me contaron que bombardearon el campamento y hubo muchas víctimas, tanto entre los rhodesianos, los rusos como los cubanos.

Un asesor militar nos contó que aparentemente el enemigo se infiltró y marcó el campamento con banderas en lo alto de los árboles para facilitar el ataque de la aviación rhodesiana. Los aviones entraron por el este, y nadie los vio, temprano en la mañana. Arrasaron.

(Testimonio de una ex enfermera cubana)